De adolescente y de closet

Cuando era más pendeja, mis veranos adolescentes siempre estaban protagonizados por alguna de las niñas que me gustaban. Habían algunas que me gustaban en serio, otras, sólo por satisfacer mi necesidad puber de pensar en alguien, y puta que funcionaba, porque mis mejores recuerdos están en esos veranos. Aquellos en los que pasábamos horas en el baño de alguna casa, (inter)cambiándonos de ropa, maquillándonos, las amigas, y produciéndonos pa’ salir a la disco, a la playa, a la fiesta, a la calle o a donde fuera que el sol calentase. En ese tiempo de más inocencia, no había nada tan intenso como entrar al carrete y buscarla a ella, con miradas rápidas y como si no importara tanto. Después de no encontrarla, inmediatamente al baño, el retoque de maquillaje, y a esperar unos minutos; pa’ fumarse un cigarro y copuchar con las ya semi-borrachas ex compañeras hasta del kinder, de esas que si te ven en la calle, te levantan la manito y te sonríen monalísticamente, pero que cuando están ebrias, le mandan 30 veces saludos a tu mamá, y se acuerdan de la vez que vomitaste en la sala de clases el otoño del 2000. No había mejor escondite que el baño, porque después de todo el cahuineo, después de todo el: “Chicas, cacharon que Loquita Pérez se pescó al ex de la Maca/Coni/Cami/Paula/Caro/Etc?”, yo salía en la máxima expresión de gloria a encontrarme con ella bailando con sus amigas, todas medias curás, como dios manda, y ahí si que no me sacaban la sonrisa de la cara ni a cachetadas (ni a las manos). Y era eso, lo más intenso, el momento más esperado de la semana, cuando valían la pena todas las peleas con la mamá, y yo que como buena lesbiana, adolescente y de provincia de ese entonces (con un pie en el mundo y otro en el closet), nunca tuve acceso a rogarle a mi madre: “¡Poooorfa, mamá! ¡que va la niña que me gusta!”. Al final, ya no había mucho más, por lo general la niña que me gustaba no me pescaba, o era hétero, o las dos, o ninguna. Habitualmente, mi máxima aspiración era bailar cerca de la cabra, si tenía suerte, me regalaba un par de reguetones apretados. Si la niña era hétero y buena onda, en volá se rajaba con un par de piquitos, como premio de consuelo. Si la niña era linda y loca, y yo me esforzaba lo suficiente, me ganaba 5 minutos de atraques en el paraíso, ubicado en algún baño piante de algún local de mala muerte, justo al centro de la noche castreña. Ese era para mi el cielo, a los 15-16 años, cuando nada era tan grave, cuando no habían ni rencores ni arrepentimientos.

(Archivo personal, 29 de enero del 2014)

 

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